
Nos hemos reunido para celebrar la eucaristía, el sacramento de unidad y caridad. En este domingo, DE CÁRITAS también celebramos la tercera Jornada Mundial de los Pobres: recordamos así a tantas personas que pasan necesidad y que están reclamando nuestra caridad fraterna. En este día el Papa Francisco nos recuerda a las familias que se ven obligadas a abandonar su tierra, a los huérfanos que han perdido a sus padres, a los jóvenes en busca de una realización profesional, a las víctimas de la violencia, la prostitución y las drogas, a los inmigrantes, a los marginados y sin
hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades. Asimismo, en este contexto en que vivimos, en que no es fácil ser testigos de la esperanza cristiana, pide a todos los cristianos que sintamos una verdadera preocupación por los pobres, que se concreta en la búsqueda de su verdadero bien. De esta forma estaremos cumpliendo el mandado del Señor de vivir anunciando el reino de Dios y ofreceremos la esperanza que viene de Dios a nuestros hermanos que peor lo pasan. Hermanos, en la eucaristía que vamos a celebrar encontraremos en Jesucristo el modelo de amor y entrega, y la fuerza para vivir en la caridad cristiana con los pobres y necesitados.
Redescubramos el valor de estar junto a las personas más pobres y vulnerables de
nuestras comunidades, a través de la oración comunitaria y el banquete de la eucaristía, como expresión de la mesa compartida en familia. Hemos de promover una comunidad cristiana que sea signo de esperanza para las personas pobres, a través de gestos sencillos y cotidianos en los que se sientan acompañados y acogidos como personas con derecho a su propio lugar.
En medio de una sociedad que genera esclavitud y dolor para un gran número de personas, los cristianos estamos llamados a ser testigos de esperanza, a sembrar signos de luz y liberación, signos del amor de Dios que nos abraza a todos con ternura y compasión.

«A veces -recuerda el Santo Padre- se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo».
Redescubrir el valor de estar junto a las personas más pobres y vulnerables de nuestras comunidades, a través de la oración comunitaria y el banquete de la eucaristía, como expresión de la mesa compartida en familia. •
Ser discípulos del Señor Jesús requiere de nosotros ser evangelizadores coherentes, ser capaces de sembrar signos visibles de esperanza que supongan consuelo y liberación para quienes sufren y padecen pobreza y falta de reconocimiento de su dignidad como personas.




