DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR – Y LA ESPERANZA, EL AMOR SALIO DE LA OSCURIDAD PARA DARNOS LUZ ETERNA

12 DE ABRIL DE 2020   

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
 

Domingo de Resurrección, el día en que Jesucristo resucita después de la crucifixión.

Es la finalización de la Semana Santa.

El Domingo de Resurrección o de Pascua es una fiesta  importante para los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra vida en la fe.

Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.

En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)

Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios.

Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

La Resurrección del Señor  es una fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte.

La Resurrección es una luz para las personas y en particular para cada cristiano y debemos irradiar esa misma luz a todos haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.

Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo Pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

Pascua es la celebración importantísima de la Iglesia, donde se conmemora la Resurrección de Jesús al tercer día después de haber sido crucificado, según los evangelios canónicos.

La Pascua forma parte de la Semana Santa donde en el «Viernes Santo» se celebra la crucifixión de Jesús, y en el «Domingo de Pascua» se celebra la Resurrección y su primera aparición a sus discípulos.

Resucitó el Señor, ¡aleluya! La resurrección de Cristo es un hecho singular en la historia y, al mismo tiempo, un misterio de fe. Con esta solemnidad, el año litúrgico llega a su culmen. La resurrección de Cristo es el centro de la vida cristiana y es el fundamento y la clave de nuestra fe. El signo del sepulcro vacío es anuncio del misterio de la resurrección. Y se convierte para los apóstoles en una verdad absoluta que anunciarán con firmeza a todos. Se trata de un mensaje que no deja indiferente, envuelve la vida del creyente y conlleva una vida nueva.

Comienza el Tiempo de Pascua

 

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Sábado Santo: Día de Silencio, meditación y espera

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección.

Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.

La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: “nosotros esperábamos… “, decían los discípulos de Emaús.

El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos – no tanto momentos cronológicos – de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:

“…se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo…se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero”.

                                                  VIGILIA PASCUAL
                                          Celebración de la Palabra
                                        “Yo soy la resurrección y la vida”.
Se apagarán todas las luces de la casa.
Nos reunimos alrededor del fuego, que se ha encendido en una estancia donde hemos colcado las velas.
Una persona que guía la celebración toma la palabra:

Hermanos y hermanas,
en esta Noche Santa
en la que Nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida,
la Iglesia invita a todos sus hijos disperso por el mundo
a reunirse para velar y orar.

Por desgracia, circunstancias adeversas
nos impiden reunirnos en asamblea
para participar en la Liturgia de la Luz
y en la celebración de la Eucaristía.

Ahora bien, sabemos que cuando
nos reunimos para rezar en su Nombre,
Cristo se hace presente entre nosotros.
Y creemos firmemente que, cuando leemos su Palabra en Iglesia,
nos habla el mismo Verbo de Dios.
Su Palabra se convierte entonces
en auténtico alimento para nuestra vida.
Por este motivo, vamos a conmemorar juntos
la Pascua del Señor, escuchando su Palabra de Vida.
Y lo hacemos con la esperanza
de participar en su triunfo sobre la muerte
y de vivir con Él para siempre en Dios.

Pausa

En comunión de corazón y espíritu con toda la Iglesia,
celebremos la Luz de Cristo
y pongámonos a la escucha de su Palabra que salva.

Después de tres minutos de silencio,
todos hacen la señal de la cruz, diciendo: 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Triduo Pascual- Viernes Santo. Y Jesús murió por mi y por ti

VIERNES SANTO. CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Jesús murió por ti y por mí

Si los seres humanos comprendiéramos en toda su magnitud el significado del sacrificio de Jesucristo, nuestra reacción ante esa realidad no sería tan superficial e indiferente como lo es, cuando no lo conocemos ni lo hemos recibido como nuestro Señor y Salvador personal.

ADORACIÓN DE LA CRUZ…

En la celebración de los oficios del Viernes Santo destaca el rito de la Adoración de la Cruz que es presentada a la Iglesia y a la que todos los presentes nos dirigimos para besarla. Besar la cruz significa estar dispuesto a aceptarla. Aceptar la cruz del Señor, su camino de entrega por los demás que le llevó a la muerte y aceptar la propia cruz, el camino que cada uno de nosotros tenemos para unirnos al que nos llama desde el Calvario. Este rito es el testimonio de nuestro deseo de poner nuestra vida en manos de Dios, como Jesús, para bien del mundo.

“Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”

La cruz, que ha sido símbolo de tortura y de muerte, se ha convertido en el signo de salvación. Por ello, tras la oración universal, que en este día tiene un carácter especial, contemplaremos el madero  en el que estuvo clavada la salvación del mundo. Una cruz que será desnudada poco a poco, y así contemplaremos este misterio tan admirable ante el que sólo cabe postrarse y adorar en silencio. Veneramos la cruz como símbolo de amor pero realmente estamos venerando al crucificado. Porque Él es nuestro salvador. Puede parecer un sinsentido el venerar a un condenado a muerte pero, muerto por la fe y nosotros reconocemos en Él al salvador del mundo. Levantemos nuestra mirada hacia Cristo crucificado. En Él encontraremos  todo lo que necesitamos para crecer en el amor y en la santidad. Jesús nos ha dado su propia vida, a pesar de nuestros pecados. Venerar la cruz se convierte así en un reconocimiento de la grandeza de Cristo, pero es también un compromiso por nuestra parte de seguir los mismos pasos de Cristo. Si Él ha dado su vida por mí, ¿cómo no voy a dar yo también mi vida por Él, y con Él también por los demás?

En Jesús crucificado sigue presente el Dios oculto. Con su imagen desfigurada fundamenta nuestra esperanza: Dios está al lado de los que padecen la injusticia, la exclusión o la tortura. También el hombre maltratado y humillado continúa siendo imagen de Dios. “El centurión conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesús como Hijo de Dios: Realmente éste era el Hijo de Dios. Bajo la cruz el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero”.

Y….JUNTO A LA CRUZ, ESTABA SU MADRE

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:

-«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego, dijo al discípulo:
-«Ahí tienes a tu madre.»
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

María, mujer del dolor, madre de los vivientes, Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida nos acompaña en nuestro caminar, y junto al discípulo amado y en él a toda la Iglesia, nos propone la belleza de este estilo de discípulado no exento de encrucijadas de dolor pero lleno de una inmensa confianza y ternura en medio del misterio del dolor presente en el corazón de cada uno de nosotros. Que no se te escape este día sin hacer un alto y contemplar el misterio del dolor y del sufrimiento delante de la cruz y con mirada de madre.

ORACIÓN  

Señor Jesús, en este día en que recordamos tu Pasión y Muerte, ayúdanos a reconocer el inmenso amor que nos tienes. Tú, Señor, entregaste tu vida por nuestra salvación, y nos has señalado un sendero por recorrer: solo quien entrega, podrá recibir. Ayúdame a acoger el inmenso don de tu amor, y a seguirte en el camino de la cruz, que es paso para la resurrección.